El Señor es vulnerable a las convicciones del corazón

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No creas que dices un lugar común cuando lees un mismo pedazo del Evangelio, y cada vez tienes una experiencia diferente del texto. No sólo es que el Señor siempre esté atento y hable de forma nueva en cada momento, es que también el tiempo va haciendo biografía contigo, y tu crecimiento va despertando nuevas atenciones. A mí me pasa que cuando leí de muy joven el comentario al Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, me enteré de muy poco, y se nota en que apenas hay subrayados en el libro. Cuando volví a él el año pasado, pocas frases dejé sin subrayar. Ahora me ocurre lo mismo con ese clásico de la literatura espiritual que es ?Sabiduría de un pobre?, de Eloi Lecrerc. En la juventud me parecía que aquellas páginas tenían poca sal, y ahora descubro muy sabrosas las conversaciones de San Francisco de Asís con sus hermanos menores, tanto que me obligan inmediatamente a cerrar los ojos y ponerme en la presencia de Dios. El mundo nos va regalando experiencia, y en la experiencia descansa la verdadera sabiduría. El maestro Ricardo Muti sólo se atrevió a dirigir la Misa Solemnis y la Novena sinfonía de Beethoven cuando cumplió los cuarenta años. Antes le parecía que no estaba suficientemente preparado para abordar unas páginas tan exigentes y profundas. No somos más sabios por conocer fragmentos del Evangelio, sino por vivir aquello que el Señor nos dice. En este punto Simone Weil es categórica, ?se nos exige ser consecuentes con el deseo, con toda la intensidad del deseo, pues en el desfase entre deseo y la práctica anida la hipocresía?. La hipocresía es estar bien informado de nuestro destino y vivir de otra manera. Vamos siendo más sabios cuando el Señor nos hace detenernos en esas frases que siempre hemos leído y de repente el acento se dirige a algo pequeño, más pequeño que cuando lo leímos hace años. En el Evangelio de hoy se nos habla de aquel jefe judío que le pide al Señor resucitar a su niña, que acaba de morir. Y el texto dice textualmente, ?Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos?. Ni siquiera el Señor se lo pensó. No le dijo, ?dame tiempo, que aún tengo muchos enfermos que reclaman mi atención?. Sencillamente se levantó. Un matiz tan inadvertido habla del carácter de todo un Dios omnipotente. Siempre responde, y siempre lo hace velozmente, porque quiere nuestro bien y sólo nuestro bien. Pero hay otro matiz: la urgencia de Dios es directamente proporcional a nuestra fe. El jefe judío no le insinuó, ?si pudieras hacer algo??, no, había en él una absoluta convicción. Era un hombre que debía seguir a Jesús desde hacía tiempo, quizá no encontraba en el judaísmo más que un relato verdadero pero inacabado. Cuando oyó a Jesús, en seguida debió advertir que el Mesías había puesto su tienda entre los humanos. Por eso está convencido de su petición, ?impón tu mano sobre ella, y vivirá?. Y el Señor, que es vulnerable a las convicciones del corazón, se pone inmediatamente de pie y va. A veces perdemos la fe en Dios porque creemos que ni oye ni atiende a los pormenores de nuestra vida, ¿no será que carecemos de esa convicción del corazón del maestro judío? Claro, rezamos de Pascuas a Ramos y sin mucho entusiasmo, la misa la dejamos para última hora, nos vamos a dormir con un podcast del que no podemos prescindir para ponernos al día en política nacional. Así nuestro corazón va quedándose tibio frente a sus verdaderos deseos. Cuánto hay que aprender de este jefe judío, que en una sola frase dijo en voz alta toda su vida de fe.