La última cena es una despedida en toda regla. Sólo en san Juan podemos notar este matiz que entristece a los discípulos. Pero Jesús, como queriendo cambiar la cara de puchero de sus comensales, les indica que hay una buena noticia en su despedida: él se va para que venga otro. Intuyo que de poco sirvieron tan crípticas palabras a quienes no cambiarían al Maestro por nada del mundo. Además, el Espíritu es eso, espíritu, aire. Y Jesús… ¡es Jesús! Es achuchable, y un espíritu no. En fin: cara de puchero sólo medio superada.
Sigue el Maestro con una triple afirmación profética de lo que supondrá su muerte y resurrección y el envío del Espíritu Santo: «dejará convicto al mundo de un pecado, de una justicia y de una condena».
Desde el comienzo del evangelio de san Juan, a modo de tema repetitivo, aparece cómo «vino a su casa y los suyos no lo recibieron» (Jn1,11). ¡Qué desastre! Ser rechazado en tu propia casa, ser desheredado, despreciado. Qué idolatría vive el mundo todavía, tantas veces tratando a puntapiés a quien es dueño de la casa. Pero no sólo es dueño: es también juez.
La justicia, en su más común acepción, es dar a cada uno lo suyo. Y en el caso de Cristo, esa justicia requiere que se le reconozca su gloria, se le restituya el honor debido. Su ascensión al cielo culminará la glorificación del Hijo del hombre. Así se hará justicia respecto al desprecio que recibió en su vida pública y en la ignominia de su pasión y muerte.
El diablo está encantado con que la humanidad viva dando puntapiés a Dios. Pero la fiesta se acabó: la muerte y resurrección de Cristo son ya la primera piedra del cielo nuevo y al tierra nueva, donde el diablo no podrá hacer nada. Sólo ha llegado a ser príncipe de este mundo. Y este mundo ya tiene fecha de caducidad. Se va a quedar sin nada. No habrá medias tintas: la condena será irreversible para quien no desea permanecer con Dios.